EL ANILLO DE LA FE
¿Podemos recordar cuántas veces nos hemos equivocado en nuestras decisiones? ¿Podemos recordar cuántas veces Dios nos ha perdonado? ¿Podemos recordar cuántas veces Dios ha creído en nosotros? La respuesta es que no podemos numerar cuántas veces han sido. La razón es que Él es el único capaz de amarnos perfectamente.
Estamos acostumbrados al límite, a la restricción, así lo vemos en la parábola del “hijo pródigo”. El relato involucra a un padre rico y un hijo voluntarioso. El chico reclama su herencia prematuramente, se muda a Las Vegas y allí despilfarra el dinero en tragamonedas y mujeres. Con una rapidez asombrosa, el hijo queda en la ruina. Como era demasiado orgulloso para regresar a casa, consigue un trabajo limpiando establos en el hipódromo. Cuando se sorprende probando el alimento de los caballos, se da cuenta que ya es suficiente. Ya es hora de regresar a casa.
Si su padre fuera uno común, cuál sería su reacción lógica si ve a este hijo regresar. Tal vez actuaría con reprensión y con prejuicios. Pero el padre de la historia es distinto, en lugar de interrogarlo, le da regalos: “Sacad de inmediato el mejor vestido y vestidle, y poned un anillo en su mano y calzado en sus pies. Traed el ternero engordado y matadlo. Comamos y regocijémonos” (Lc. 15:11-23). Vestido, sandalias, ternero y… Un anillo.
Antes de que el chico tenga tiempo de lavarse las manos, tiene un anillo en el dedo. En la época de Cristo los anillos eran algo más que regalos, eran símbolos de soberanía delegada. El portador del anillo podía hablar en nombre del dador.
¿Habríamos hecho lo mismo? ¿Le habríamos dado al hijo pródigo el poder y los privilegios de representarnos en nuestros asuntos? ¿Le habríamos confiado una tarjeta de crédito? ¿Le habríamos dado nuestro anillo?
Dios nos ha puesto su anillo. Porque “el amor todo lo cree” (1 Cor. 13:7).
No se ha rendido con nosotros. No nos ha dado la espalda. No se ha marchado. Podría haberlo hecho. Otros lo habrían hecho, pero Él no, Dios confía en nosotros.
Taller:
1 - Preguntémonos: ¿Confiamos en los miembros de nuestra familia, en nuestros hijos, en nuestros padres, en nuestro cónyuge? ¿Les hemos dado nuestro anillo a los miembros de nuestra familia?
2 - Reflexionemos lo siguiente: “Yo no soy quien creo ser. No soy quien tú crees que soy. Soy quien yo creo que tú crees que soy”. Según esto ¿Nuestro trato con los miembros de nuestra familia es según lo que creemos que son, o según lo que potencialmente podrían ser? Animémonos a potenciar a los demás, según lo que podrían llegar a ser.
Hacer acto de presencia, escuchar y decir palabras constructivas son actitudes que demuestran que creemos en otra persona. Oremos al Señor para cultivar estas actitudes con los miembros de nuestra familia.

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