¿Se ha detenido usted a pensar en la maravillosa bendición que puede significar su amabilidad y preocupación para otro cristiano?
Si la respuesta es “no”, tómese el tiempo…
Es evidente como las cosas en nuestra vida pueden pasar por cotidianas sin que les demos el valor que merecen; también es evidente la falta de evaluación a la que nos sometemos personalmente en cuanto a la calidad de nuestras relaciones interpersonales y al genuino interés que demostramos por el otro, y en particular por un hermano en la fe.
En la mayoría de las ocasiones estamos sumidos en nuestras preocupaciones: problemas conyugales, estrechez económica, depresión, sobrecarga laboral, entre otros; y como cristianos, olvidamos un mandamiento fundamental: Amar al otro como a uno mismo (Juan 13:34).
Si observara a su alrededor, rápidamente podría darse cuenta de la gran necesidad de atención y amor que tienen los distintos integrantes del ministerio y muy probablemente, usted podría argumentar “…Fulano puede solo…el Señor se encarga de él…Yo no soy nadie para ayudarlo, etc., etc...”.
Si observara a su alrededor, rápidamente podría darse cuenta de la gran necesidad de atención y amor que tienen los distintos integrantes del ministerio y muy probablemente, usted podría argumentar “…Fulano puede solo…el Señor se encarga de él…Yo no soy nadie para ayudarlo, etc., etc...”.
De esta forma, y aunque no nos guste admitirlo, muchas personas que integran nuestro ministerio podrían encontrar más elementos de la bendición en sitios inadecuados y con personas inconversas, que dentro de nuestra propia comunidad.
Sin embargo, aquello debe ayudarnos a tomar conciencia y motivarnos a aprender a ser personas de bendición; necesitamos aprender a establecer relaciones significativas dentro de nuestra iglesia. Desde el momento en que Dios llamó a un pueblo escogido hasta el día de hoy, los creyentes siempre hemos sido llamados a ser de bendición a los demás (Génesis 12:2).
Nuestra comunidad debe ser primeramente un lugar donde se comparte la Palabra de Dios y donde lo honramos como Señor y Salvador. Pero Dios también diseñó a la iglesia para que sea una comunidad que se preocupe por los demás, por esto, si no bendecimos y amamos a nuestros hermanos en Cristo, desobedecemos nuestra tarea como familia de Dios (1 Corintios 12:26).
Así, una de las mayores preocupaciones que debemos tener como Cuerpo de Cristo es la manera en cómo se relacionan sus miembros, evidenciando respeto, amor, transparencia y dedicación, tal como se relacionaban los discípulos en tiempos de Jesús. Ahora bien, es precisamente en esos detalles donde las personas que no conocen del Señor ponen su atención, no en cuánto usted sabe o en cuántos versículos conoce de memoria o en cuán espiritual es, sino que a partir del sello especial que imprime Dios en nuestros corazones podremos ganar almas anhelantes para Él.
Compartamos en Familia:
1. ¿Somos realmente transmisores de bendición en nuestros ministerios?
2. ¿Hemos tenido un genuino interés por las personas nuevas en nuestra comunidad?
3. Últimamente ¿Se ha dado el tiempo para conocer a otros y ser conocido por ellos?

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